Twin Peaks. Cuerpo y alma de la televisión

Por Javier Moral

Twin Peaks - La serieLa pregunta "¿Quién mató a Laura Palmer?" mantuvo en vilo durante casi un año a un numeroso grupo de adictos a la televisión al comienzo de la década de los noventa. Era el interrogante planteado por el episodio piloto de Twin Peaks, creación del excéntrico David Lynch en colaboración con Mark Frost. Así denominado, el serial partía del asesinato de una popular niña modélica residente en una ficticia localidad fronteriza del noroeste de los Estados Unidos.

La soberbia base melódica a cargo del compositor Angelo Badalamenti sumía al apacible pueblecito en un halo de misterio que revolucionaría las formas del medio. Abetos de gran densidad aromática, majestuosas cascadas, diners con jukebox, féminas de estilismo pin-up e, incluso, un glamuroso y clandestino puticlub, dibujaban la fachada radiante de Twin Peaks. Pero, también había un lado oscuro. Un bosque fantasmagórico que cercaba una localidad en la que sus habitantes eran fervorosos creyentes del poder de las fuerzas naturales para combatir las invisibles presencias malignas que les asolaban. De hecho, la investigación sobre el asesinato de Laura Palmer arrastraría la aparente ingenuidad reinante hacia una cruzada donde los instintos más bajos campaban a sus anchas.

La fauna freak que recorría las calles de Twin Peaks merece un capítulo aparte. Los esperpénticos y estimulantes personajes maceraron dentro de una estilosa amalgama de traición sentimental -un culebrón, vamos-: el censo completo participaba en una inmensa cama redonda, resultando imposible una disección gráfica ordenada que esclareciera los incontables escarceos sexuales. La acogedora comunidad vecinal se quitaba de pronto el disfraz de beata cayendo en las garras de las pasiones oscuras, de un germen maligno que, atisbamos, se expandía tan rápido como la pólvora. Sobre todo por el círculo juvenil, generación podrida que lideraba un reparto desconocido, pero de eficaz impronta sobre unos imprescindibles roles que, por sí solos, construyen el mencionado microcosmos de sacramento insano. Un ejemplo reciente, que alude directamente a esa rectitud de puertas hacia afuera, preservando una verdadera naturaleza viperina y maquiavélica de su escandalosa difusión, lo constituye el premonitorio y lúgubre contexto narrativo de La cinta blanca (Das weisse Band, Michael Haneke, 2009).

Twin Peaks - La serieSeducido por la magia del poblacho, el agente del FBI Dale Cooper llegaba con el objeto de resolver el misterio del asesinato. Se trataba de una evolución del sagaz Sherlock Holmes con la herencia del carácter sarcástico y obsesivamente metódico, a la que se añadía el fantástico rasgo de una incondicional devoción por la deducción a través del subconsciente onírico. El inconfundible agente era percibido como una verdadera rareza exótica para unos lugareños desprovistos de autocrítica. En realidad, fue una creación que mitificaba iconos populares dentro de una larga lista de emblemas catódicos para el recuerdo: los cafés, las tartas, las cortinas rojas, las lechuzas, enanos y gigantes. También han sido numerosos los productos televisivos posteriores que han bebido de la "serie de series" -desde el pueblo de Cicely en Doctor en Alaska (Northern Exposure), pasando por la desconocida dimensión ocultista de Expediente X (X Files), hasta servir de sugestión investigativa para el fan de Perdidos (Lost)-, como muchos la catalogan; para algunos (entre los que me cuento), el mejor producto televisivo de todos los tiempos.

Bien pudo no ser más que la fantasía delirante de un chiflado visionario (Lynch) que lió en su locura a uno de los mejores guionistas de la época (Frost). Su mala gestión de los índices de audiencia, unida a la constante improvisación sobre la trama, arrancó de cuajo de la parrilla de programación una serie memorable, cuando tan sólo contaba con dos temporadas de emisión. Una película póstuma, titulada Twin Peaks: Fuego camina conmigo (Twin Peaks: Fire Walk with Me, David Lynch, 1992), se estrellaría estrepitosamente contra público y crítica al tratar de reconstruir los últimos días de la vida de Laura Palmer.

Twin PeaksAunque, lo extraordinario siempre perdura en la memoria invulnerable ante el paso del tiempo; el legado de la serie es -y será- incuestionable. Y es que, a día de hoy, me sigue costando encontrar calificativos que describan la mágica esencia de Twin Peaks, que sean capaces de explicar esa sensación única que imbuye su primer visionado. Por más que lo intento, no logró concentrar, en palabras concretas, una referencia digna para esa absorbente historia arcana que diluía el empirismo en lo más profundo del espíritu, amparando una sociedad de perversión inicua que, paradójicamente, presentaba las tribulaciones habituales de una sencilla comunidad rural. Su nombre ya se encuentra tallado en letras doradas en lo más alto del imaginario televisivo.

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